*Crónica de una sesión de homenaje a Gonzalo Torrente Ballester en la Ciudad de la Cultura
*Publicado el 10-6-2011 en Xornal de Galicia (con censuras)

Jesús Lorenzo apoyó su sombrero sobre la mesa y triunfó en su propósito de “comunicaros los saberes que él me transmitió”. Al conocerlo, hacia 1982, don Gonzalo era ya un tótem literario pero se mostraba extrañamente cercano y cariñoso con los escritores noveles. Le confesó “hazte el tonto y te agredirán menos”; ya Sócrates dejaba despotricar a su adversario en los debates de retórica hasta que se contradijese. Los que van de distinguidos sólo consiguen ser odiados. Lorenzo se refería a Rosa Chacel, que “vivió siempre entre Dioses y ahora no se resigna a hablar con los mortales”.
Torrente empezó a escribir por una apuesta de una peseta con un compañero de pupitre; lo cierto es que fue “un plagio total”. Salpicó sus obras de elementos imaginativos pero conquistaba “la realidad suficiente” para que el lector perciba credibilidad; así, en Quizá el viento nos lleve al infinito nos ambienta con exactitud en Berlín con sólo una hoja, una calle y un canal. Desde Cervantes no encontramos esa ironía sin vinagre, tan felina y alejada del sarcasmo. En su ensayo sobre El Quijote intuye un “loco voluntario” pues quizá eso le emocionaba más que la cruda realidad.
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