Aquí no tenemos
defunción, gracias a Dios. La comedia gala no pretende herir sensibilidades
sino estrechar lazos entre credos y razas. Un hermanamiento universal. Una
concordia entre los humanos, seres empeñados casi siempre en encontrar sus
diferencias. “El alcohol es lo mejor para unir pueblos”. Sin otras
pretensiones. La trama, un mero esqueleto, queda aparcada.
En nuestro país las
comunidades históricas reivindican su distintiva identidad. Ocho apellidos vascos ha aprovechado ese
filón. Y como el sol moldea caracteres distintos en Norte y Sur.

Es la familia
Benetton, con“todos los colores del arco iris”. Aunque son hijos de emigrantes,
todos ellos nacieron en la Quinta República. Corean la Marsellesa al dedillo.
Lo cierto es que el país de Hollande es una nación multiétnica. Se comenta en
la película de Chauveron que allí residen seiscientos mil judíos y cinco
millones de musulmanes. El novio árabe y
el hebreo enriquecen su relación con continuas discusiones espirituales. Cuanto más reñidos…
Se presenta a los
chinos como hábiles en el mundo empresarial. “Se han quedado con todos los
bares”. No exentos de su leyenda negra, el pavor a un control de sanidad. Ya
proliferan los magnates asiáticos que acaudalaron fortuna. Y, si fuera
menester, ríen para hacerse los tontos.

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