*Un recorrido por el litoral central luso
La casa del choco
frito y del poeta Bocage. Y del mejor rodicio de pescado que me he llevado a la
panza.Encajada entre el Parque Natural de la Arrábida y el estuario del río
Sado donde chapotean los delfines. Vistas a la península de Troia. Los
aficionados del Vitória se echan a la calle a protestar por el descenso en los
despachos.Los niños organizan turnos para saltar al mar desde el dique. Al
atardecer la Playa da Saúde recibe la
sombra de la fortaleza de Sao Filipe.
Ericeira,donde el mar es más azul.La nube madrugadora enfría cada desayuno.Volví al
Parque de Campismo diecisiete años después.Pregunté.Ni rastro de los que dormían en mi sector. El campo de fútbol sala de tierra. Los que entonces tenían mi edad de hoy nos sacudían patadas, más a Rui, cuando no podían frenarnos. Saltábamos la valla muchas veladas para acceder a la piscina. Bucear con el cloro acariciando los ojos. Hoy se ha convertido en una pista de skate.
Campos de
calabazas.Con el tobillo izquierdo maltrecho me propuse bordear la costa de
Peniche. Los fósiles de invertebrados marinos más remotos de Trovao se remontan
a tiempos en los que la Península Ibérica casi se besaba con el norte del
continente americano. Desde el Faro Carvoeiro hay casi 6 millas náuticas hasta
las Berlengas. Me recupero en la arena de Gamboa.

¡Surferos del mundo, uníos! Nazaré es un matriarcado. Mujeres en
edad de jubilación, armadas con pañoleta, captan al turista para que reserve
en su alojamiento. No venden grelos ni pimientos de Padrón. El bullicio en la Avenida de la República
resetea un presente pandémico. El canto del vendedor de bolinhas de Berlim me embriaga más que una sirena. El funicular
avanza a dos metros por segundo. Tiempo suficiente para que el gato deje de
holgazanear entre las vías.En O Sitio,la casa de un árbol perenne,confío en
estar protegido de la Ola Gigante.
Las condiciones de
admisión en la sala de juegos del Casino de Figueira de Foz son muy estrictas.
Casi hay que ser deportista para llegar al mar desde la Torre del Reloj.

El Hotel Imperial
de Aveiro tiene una decoración decadente pero su restaurante merece una
reverencia. Las proas de las góndolas tienen originales motivos.Las fachadas de
las turísticas casas de Costa Nova parecen camisetas futboleras. Cada 13 segundos el decolorido Farol de la
Playa de Barra guiña el ojo a sus admiradores. La llanura propicia un carril
bici con tráfico denso. Siempre hay una decena de golosos a la cola de cada
kiosco. La petición más popular son las tripas, especie de crepes con receta
secreta; su relleno más tradicional es el de ovos moles.

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