sábado, 21 de marzo de 2015

El Apóstol Santiago

*Exposición "Camiño. A orixe"
en la Ciudad de la Cultura de Santiago

 
   Santiago el Mayor fue uno de los tres apóstoles más cercanos a Cristo junto con su hermano Juan El Evangelista y Pedro. Todos ellos estuvieron presentes en la Transfiguración de Jesús. Era hijo de Zebedeo y de Salomé, de quien se dice que era hermanastra de la Virgen María.

   Al morir El Mesías se le encomendó la predicación en el Noroeste de Hispania. Galicia era un pueblo pagano y sus teorías tardaron en calar. En varias ocasiones se desesperó.  Hacia el año 40 se le apareció la Virgen en Caesaraugusta para consolarlo. Allí se edificó la Iglesia del Pilar.

   En Judea también se encontró con opositores a sus ideas y Herodes Agripa le cortó la cabeza, que algunas fuentes sitúan hoy en Portugal. Sus seguidores subieron sus restos a un barco sin timón. Su cuerpo entró en Galicia por el Ulla a contracorriente. Su cadáver fue depositado en una losa de piedra que se convirtió por gracia divina en un ataúd. Este detalle lo plasmó en un cuadro el Maestro de Astorga a comienzos del XVI. La descreída Reina Lupa ató el sarcófago a unos toros salvajes que se convirtieron en mansos bueyes. Y se convirtió al cristianismo.

   El ermitaño Pelayo descubrió gracias a unos destellos de luz la tumba de Santiago y sus discípulos Teodoro y Atanasio. Avisó a Teodomiro, obispo de Iria, quien contactó con el monarca Alfonso II el Casto. Pronto el edículo simbolizó la protección divina a las monarquías hispánicas.

   La primera intervención mítica de Santiago en la Reconquista fue en la Batalla de Clavijo, que Compostela recuerda en su actual callejero.   Ramiro I de Asturias pagaba anualmente como tributo cien doncellas a los reinos musulmanes. Era algo insultante. Su negativa desencadenó en enfrentamiento bélico en esta localidad riojana en el año 844. El Apóstol suele representarse montado en su blanco corcel con los “bárbaros y despiadados” sarracenos a sus pies.  

   Las crónicas cristianas relatan la aparición de Santiago y San Millán en la Batalla de Simancas. Y ambos bandos coinciden en señalar un eclipse solar en esos primeros días de agosto del 939.

   Santiago obró milagros entre los peregrinos piadosos. Una vez se acusó injustamente a un padre y su hijo de robar una bandeja de plata en una posada; iban a colgar al niño pero el Apóstol intercedió y le salvó la vida sujetándolo en el aire. En otra ocasión resucitó a un romero que enfermera para ensalzar al amigo que lo acompañó frente a los otros que continuaron la ruta. Ese era el espíritu del Camino. En esta iconografía aparece con la concha, símbolo de pureza.

   Durero hizo un retrato de Santiago en 1516. Fue traído, con todas las medidas de seguridad, desde la Galería Uffizi de Florencia. No mira al espectador. Está atormentado. Se representa anciano cuando se sabe que murió sin cumplir los cincuenta. El fondo neutro es anticipo del Barroco. El artista alemán, como Zurbarán, también pintó su martirio antes de ser decapitado.

 
   En cambio Murillo lo retrató más consagrado y seguro de sí mismo. Una obra donde dominan los claroscuros. Lleva su capa roja, iconografía de Santo Mártir, y el Libro de los Apóstoles. Al maestro sevillano no se le escapa un detalle; hasta se aprecian las uñas manchadas de tinta.


   La devoción por Santiago atacó a Carlomagno, Carlos V, Velázquez o Quevedo. El humilde pescador se convirtió en el patrón de España pero no de Compostela que paradójicamente reza a San Roque y Santa Susana.  En la Catedral se substituyó la esclavina que lo amanta en 2004. Y caminando, caminando se forjó Europa.



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