Nunca fui de los que maduraron a golpe de chasquido. Mi edad del pavo se estiró como un chicle. Y los granos me llegaron tarde pero estuvieron a gusto conmigo, sobre todo los de la barbilla, frente y norte de la espalda. Tengo idealizados mis quincenas de campamento. Estábamos en el Virxe de Loreto.Yo me había atrevido a lanzarle una declaración de amor a una muchacha por medio de una notita. Empleé a uno de los cocineros de celestino. Valentía 0 Rubi Literario 1 . Solo recuerdo que era murciana y tenía aparato dental. No comía en mi mesa pero dicen que era muy tiquismiquis de paladar. Con nombre dulce, Magdalena Martínez. Parece que accedió a mis peticiones. Estaría de un subido inaguantable. Ella no, yo.Recuerdo que tenía una cala pequeña atrás. Y una tarde estábamos solo mi mejor amigo y yo. No recuerdo bien el motivo pero acabamos peleándonos. Sé que él sangró por la nariz pero influyó más el calor que mis puños. Yo me recuerdo vencedor. Pero el relato puede estar adulterado porque me quitaba casi una cabeza.
Debía de tener unos veinte años. Siempre fui un deportista practicante a pesar de mi asma leve intermitente. Una vez tuve que acudir a urgencias por una insuficiencia respiratoria. Mi madre, que ya empezaba con sus primeros achaques de salud, vino en mi defensa. En un instante y, tras suministrarme, los primeros aerosoles mi salud se zarandeó. Al menos media docena de sanitarios me llevaron en una camilla a toda carrera por los pasillos del hospital camino de Críticos. Mi madre estaría agitadísima. La única consciente para sufrir. Rezándole a los angelitos. Mi corazón bombeó a más de 150 pulsaciones durante una hora. Resistió. Ella bombeó desde afuera. Estuve más de una semana ingresado. Aparentemente recuperado, dando paseos en bata y buscando periódicos. El día de salir, y con la pulsera sanitaria en la muñeca, fui a jugar una pachanga. Me dio rabia no poder mantener mi ritmo frenético de siempre.
Volvamos atrás. Años del cole. Los viernes íbamos a jugar al fútbol al parque del Auditorio.Centros y remates. Creo que era mejor en lo primero. También era divertido ser portero sobre la hierba. En una ocasión vino el malote de turno con sus secuaces. Yo creo que éramos mayoría pero bastante inocentones. Empezaron a increparnos. Y, no sé como, acabé recibiendo una paliza. Lo curioso es que luego escapé corriendo y no me birlaron la bici amarilla. Me dolió más después. Pasé años de miedo a encontrarlos de nuevo. Y el líder vivía en el mismo vecindario que mi mejor amigo. Hasta me salió una calva por rascarme la cabeza por pura ansiedad. Años después pensé. Quizá aprendí la lección y ya no seré tan bocazas. Creo que la ira del desalmado se multiplicó el día que llevó el bocadillo de chóped en la mochila de las botas de tacos. La carcajada fue general. Sin papel de aluminio fue todo una macedonia.
Mamá me acompañó siempre. Se colaba en la vieja terminal con una bata sanitaria y llegaba a darme el beso junto a la cinta de las maletas. Insistió tanto en que trabajara de cara al público,mi mundo, que mi primera experiencia seria la conseguí gracias a ella. Metía condones en mi monedero cuando yo aún no sabía para que se usaban. Siempre más cerca cuando venía de un desengaño amoroso y mi carácter se volvía más irascible. Hasta me dejaba llevar muchas veces su teléfono porque yo no tenía llamadas gratis. Una muchacha me crucificó cuando se enteró que en alguna ocasión había dormido con ella. Cómo están as cabeciñas! Ahora, que colecciona dolencias, mamá tiene la columna como una ese y le cuesta levantarse de la cama. Pese a todo, casi todos los días está pendiente de que no me quede dormido a las cuatro menos cinco y se asoma a la ventana a despedirme cuando marcho a trabajar. Como la hermana de Dalí. Aún no asumí que las cosas no son eternas. Y que seré muy niño cuando sea huérfano. También esto pasará. Y que me costará salir de la chabola del hijo de La Faraona.

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